Catalunya (aka el triángulo formado por el Ebro, los Pirineos y el Mediterráneo) ha aportado muchas cosas lindas a la humanidad. Seguramente una de las más exportables es el rito de, por san Jordi, regalar un libro y una rosa. Me pregunto por qué un libro. No todos los libros son lindos. Hay libros de contabilidad, tablas de logaritmos, el libro del destino, tablas actuariales… No, he pensado que, mejor, una historia y una rosa.
Esta historia me la contó un mago novato, empeñado en susurrarla al oído de alguna muchachita… Espero que os guste. Y que él la encuentre.
La confianza que tenía Natalia en sus propios encantos, con veinte añitos, resultaba levemente cómica. Le abrí la puerta en albornoz, y ella decidió enseguida que mi aspecto era el que se esperaba. Le invité a café y nos sentamos a hablar.
El tema iba a ser Pablo, por supuesto. Aunque era obvio que se sentía violenta, el asunto le importaba demasiado. Se tragó su orgullo, reafirmó sus tetitas y comenzó el discurso.
- Ante todo quiero decirte que te respeto y respeto mucho tu forma de vida.
De donde deduje que no era cierto. Un destello en sus ojos me hizo pensar en la hoguera o en las inyecciones de andrógenos. Sin embargo, no había aquí homofobia, sino sólo miedo. Mucho miedo.
- Me parece un comienzo formalmente agradable.
Chica lista, captó la sutileza, decidió no hacer caso y seguir hacia delante.
- Pero a Pablo no le conoces tan bien como yo. Pablo es una persona inocente.
- ¿Quieres decir que es… algo tonto?
- No, no -esa reformulación no era conveniente-. Simplemente, no sabe tanto de la vida.
- ¿Quizás no tanto como tú? -Me arrepentí enseguida, y decidí no ser hostil con ella.
- Tampoco yo estoy tan versada… Pero creo que -las palabras se atropellaban en su boca- Pablo no ha contemplado ciertas… derivaciones de su… relación contigo.
- Bueno, muchacha -dije intentando ser agradable-. Quizás esas posibilidades sólo las hayas contemplado tú.
- No tiendo a ser paranoica, más bien soy tímida y confiada -Quién lo diría-. Las invitaciones a tu casa de noche…
- Pablo será un día un gran concertista. Las relaciones de un pianista novel con su maestro salen de los horarios de oficina, ¿sabes?
- Y ese viaje que vais a hacer a Milán, solos, este verano…
- Un amigo me presta su apartamento a dos manzanas de la Scala, donde hará una prueba. Tengo todas mis esperanzas puestas en él.
- ¡Yo también confío en él! Mira, tengo que decirlo -Oh, oh-. He visto cómo le miras. Y es de la misma forma en que le miro yo.
- ¿Quizás con la diferencia de que te doblo la edad?
- Quizás con esa diferencia. Pero creo saber qué quieres de él.
- Hm… Si fuera malo, te preguntaría qué es ello -No le di tiempo a responder-. Pero no lo soy. Supongo que crees que me siento atraído sexualmente por Pablo. Prometo decirte la verdad, si antes me respondes: ¿qué pasaría, si así fuera?
Natalia enrojeció de una manera que me pareció linda.
- Pablo no… no… es homosexual, y…
- Espera, Natalia. Una apreciación. ¿Tú crees que homosexual se nace?
- La verdad, no lo sé.
- Hay dos opciones, ¿no? Supongamos que se nazca. En ese caso, si Pablo no lo es, y suponiendo también que yo esté interesado en él, no podré seducirle -Natalia asintió. En el terreno de los razonamientos lógicos se sentía más cómoda-. Ahora supongamos que uno desarrolle sentimientos homosexuales a lo largo de la vida. Manteniendo la hipótesis de mi pasión por Pablo, tú y yo estaríamos compitiendo, ¿no es así?
- Así sería.
- ¿Por qué, siempre bajo estos supuestos, vienes a discutir con tu competidor por el amor de un chico?
- Siempre bajo estos supuestos, si quisieras a Pablo y no tuvieras simplemente un calentón con él, comprenderías que lo mejor para él es estar conmigo.
- Vaya, vaya. Así que crees que eres mejor para él que yo. ¿Quizás porque es más fácil explicar a sus padres su relación con una chica de veinte que con un señor de cuarenta?
- No sólo…
- También está el hecho de que sospechas de que mi calentón le convertiría en homosexual y después, satisfechos mis instintos primarios, le dejaría en la estacada. ¿No es eso? Perdona, he puesto palabras en tu boca que no has dicho. ¿Me disculpas? ¿Más café?
- Sí, a las dos preguntas.
- Vamos a ver las cosas en positivo. ¿No piensas que puede aprender más conmigo, que soy un concertista de carrera, que contigo, que estudias…? Químicas era, ¿no?
- Físicas.
- Bien, me es igual.
- A mí no -aún un leve puntito hostil, suavízala…-. ¿Qué piensas, que todo en la vida son las técnicas pianísticas y los contactos? ¿No piensas que aprender a vivir a la vez tenga su encanto?
- Soy más de la teoría de los maestros y los discípulos. Evita la continua invención de la rueda cuadrada.
- En general, estoy de acuerdo. Pero el sexo es especial.
- Te haré una pregunta personal, Natalia. Si no quieres, no respondas. ¿Os habéis acostado ya?
- No.
- Lo suponía. ¿Por qué piensas que aprender sobre el sexo es tan diferente de aprender sobre… la teoría de la relatividad?
- ¿Tú dirías que no lo es?
- En efecto. En otros tiempos, claro, las cosas eran diferentes. Pareja de por vida, con fines meramente reproductivos… Oye, ¿te gustaría que tu dentista aprendiera su oficio hurgando entre tus caries?
- Claro que no.
- Pues esto es parecido, pero en la boquita de abajo.
- De acuerdo, sé cuándo he perdido una discusión. No sé qué es lo mejor para Pablo. Sé que yo le quiero muchísimo. Sé que seré buena para él. Dudo que tú sientas lo mismo. Sentí, de repente, mucha ternura por ella. Creo que se dio cuenta. Levanté las manos en signo de paz.
- Vale, jovencita. Las cartas sobre la mesa, como te prometí. No le quiero igual que tú.
- Entonces, ¿cómo le quieres?
- Es mi mejor discípulo, un chico guapo, cariñoso e inteligente… Se merece lo mejor. Y lo mejor soy yo. Natalia enrojeció de nuevo, y decidió sacar el armamento pesado.
- Ahora ponte en esta tesitura. Pablo no es homosexual y tú le tiras los tejos. Él te admira profundamente. ¿Cómo crees que se sentirá?
- No lo sé. ¿Cómo?
- Traicionado, humillado, un mero objeto sexual…
- Bueno, todo depende de cómo se digan las cosas. Supongamos que te digo que, tras esta charla contigo, me pareces una muchacha inteligente, generosa y apasionada… y que te me antojas tremendamente guapa. ¿Qué dirías?
Definitivamente, soy malo.
- Bueno, yo…
- Bueno, tú. Tú enrojeces y te sientes halagada, porque sabes que lo que he dicho es verdad. Pablo se sentiría igual.
- Yo soy una mujer.
- Antes me corto los dedos que ponerlo en duda. Exactamente, ¿cómo crees que eso hace variar las cosas?
- Realmente, en nada. Lo que sí me ha humillado ha sido que te creas mejor que yo.
- Touché. Tienes razón. Sólo soy mejor en cuanto que soy más viejo. Algún día, serás la mujer ideal para iniciar a algún jovencito tan delicioso como Pablo.
- Y, según tú, ¿quién me debería iniciar a mí?
- Hm… Ya que lo dices, yo mismo. Natalia dio un salto sobre la silla.
- ¿¡Y eso!?
- ¿He dicho en algún momento que sea homosexual? Cualquier cuerpo humano hermoso puede levantar mi pasión. Salimos para Milán dentro de dos semanas, como te he dicho. En el apartamento cabemos los tres. Es verano y, siendo una chica tan lista, sé que no tienes que examinarte en septiembre. Vente con nosotros. No sé si ocurrirá algo o si no ocurrirá nada, pero lo pasaremos bien de todas formas. ¿Qué dices?
Y aquí está la rosa (a veces es botánica, a veces de los vientos, a veces matemática…)